El ingreso masivo de ropa usada desde Chile se convirtió en un nuevo problema ambiental para el norte argentino. Se trata de prendas que no se reutilizan ni se reciclan y que terminan alimentando basurales a cielo abierto, en un circuito que expone los límites del consumo y la falta de regulación.
Durante años, el desierto de Atacama fue la postal más cruda del descarte textil a escala global: montañas de ropa usada acumuladas en basurales a cielo abierto. Hoy, ese problema empieza a cruzar la cordillera y a impactar también en provincias del norte argentino, entre ellas Salta.
“El ingreso de ropa usada creció de manera exponencial. Estamos hablando de incrementos de hasta un 2.500%”, advirtió Ramiro Ragno, director general de Educación Ambiental. El problema no es la reutilización, sino el destino final de esos residuos: no sirven para ferias, no se reciclan y terminan como basura.
Cuando la reutilización no existe
A diferencia de la ropa de segunda mano que circula en ferias locales, gran parte de las prendas que ingresan desde Chile están deterioradas, fuera de uso o directamente descartadas. No forman parte de un circuito de economía circular, sino de un traslado del problema ambiental.
“No estamos hablando de reutilización ni de reciclaje. Es residuo puro”, explicó Ragno. En Salta, no existen plantas de reciclado textil capaces de procesar ese volumen ni ese tipo de material.
El resultado es previsible: esas toneladas de ropa terminan en microbasurales, rellenos sanitarios o basurales informales, sumando presión a un sistema ya saturado.

Un residuo invisible en la agenda pública
A diferencia del plástico o el cartón, el residuo textil sigue siendo un problema poco visibilizado. Sin embargo, su impacto ambiental es significativo: fibras sintéticas que no se degradan, tintes contaminantes y grandes volúmenes imposibles de compactar o reutilizar.
Además, el ingreso masivo de ropa usada afecta a la economía local, desplazando a emprendimientos de reutilización real y a ferias que sí trabajan con prendas en condiciones.
El límite del modelo actual
El fenómeno expone una falla estructural del modelo de consumo: se produce ropa a bajo costo, se descarta rápidamente y, cuando deja de servir, el residuo se exporta. En este esquema, los territorios sin capacidad industrial terminan funcionando como destino final.
“Salta no genera este residuo, pero lo termina gestionando”, señaló Ragno. “Y cada residuo que entra sin control es más presión para el ambiente y para el sistema público”.
Economía circular que no llega
Mientras en otros países comienza a discutirse la responsabilidad extendida del productor para la industria textil, en el norte argentino el debate recién empieza. Sin regulación, sin infraestructura y sin trazabilidad, la ropa usada deja de ser una oportunidad y se convierte en un pasivo ambiental.
El desafío, coinciden los especialistas, no es solo reciclar más, sino evitar que residuos sin destino entren al sistema.
La ropa usada que hoy llega a Salta es apenas una señal de alerta. Sin políticas claras, controles y alternativas productivas, el riesgo es replicar —a menor escala— las imágenes que ya recorrieron el mundo desde Atacama.
En materia ambiental, lo que no se regula a tiempo, se hereda como problema.
